cafe beneficios

Seguro que tú eres de los que bebe café por la mañana, recién despertado, cuando los ojos aún duelen al abrirlos. Me parece bien, que conste. Tiene sus beneficios. Yo también lo hago. Con leche, además. No tomo café solo, ni demasiado largo. Odio el sabor amargo y pesado que deja en la boca.

Bebo café cuando escribo, para mantener despiertas las cuatro neuronas que se quedan a trabajar después de la hora de cierre, en esas noches de penumbra y pesadumbre en las que el alma sobrevive escupiendo párrafos que acaban olvidados o ejecutados delicada y firmemente con un movimiento de ratón, exactamente el que conduce el puntero del archivo a la papelera de reciclaje.

También suelo beber café cuando fumo. O suelo fumar cuando bebo café. No lo sé exactamente, pero la relación amorosa que nació tras un sorbito y una breve calada permanece férrea entre los dedos, fabricando millones de personas incapaces de consumir uno de los dos vicios por separado. Qué tendrá el café que hace evocar el sabor del humo, y qué tendrá el cigarrillo en la boca que hace añorar la caricia del café en el paladar.

Y no soy yo muy de café, que conste. A mis 26, casi 27, prefiero el Nesquik. Que yo soy muy de Nesquik, además. Aunque he de reconocer que últimamente el ColaCao con leche caliente se ha convertido en un fijo en las noches de viaje de vuelta a Murcia tras un partido de Segunda B que, muy probablemente, ha tenido más de navajeo callejero que de fútbol.

El calor del vaso es uno de los motivos por los que, a veces, uno bebe café. Y es ahí donde entra en juego el descafeinado. Calentar el estómago a las ocho y media de la tarde un martes de febrero supone un problema si estás en la terraza de una cafetería y te dispones a ver un partido de liga en una jornada entre semana. Puede hacerte no dormir bien, o dormir poco, si te dejas embaucar por la cafeína. Así que mejor pedir aquello de "un cortado descafeinado, por favor".

En fin, que bebo café. Y me gusta cada vez más, pero no solo por beber café. Hay en la experiencia de beber café un casi axioma que produce sensaciones y sentires particulares, distintos en cada caso, diferentes cada momento. La conversación, la compañía. Lo que viene siendo la vida a través de un café.


Nuestro entrenador tuvo la genial idea de intentar meternos en la cabeza que éramos capaces de ganar aquel partido. Un camión repleto de condicionales recorría la autopista de peaje de nuestras cabezas tras la típica y no tan metódica charla técnica previa a la batalla que iba a tener lugar entre las montañas que abrazan el coqueo futbolín que coronaba la cantera de piedra que vive en El Puntal desde antes incluso que el propio El Puntal viviera en El Puntal. ¿Y si corríamos más? ¿Y si metíamos la pierna con mayor fiereza? ¿Y si apretábamos una navaja con la mano húmeda en cada córner en contra? El vestuario olía a lilimento y a heces. Parecía una trinchera. De hecho, era nuestra trinchera.

El cruce de la primera vuelta con el súper Bullense se había saldado con una aplastante derrota por catorce goles a cero. La lección nos valió la pena para no querer volver cerca del Noroeste en mucho tiempo, pero en nuestro poder de decisión no entraba la obligatoriedad de jugar un partido de vuelta, ante el mismo invencible enemigo, ante el mismo aterrador monstruo.

Así que una mañana de sábado, en la que el frío aún mecía las ramas secas de los árboles en un tardío invierno, el Bullense alcanzó, en autobús, nuestros dominios. En clara posición de orgulloso temor y compometido miedo, apostamos vigías a la entrada del pueblo que, a modo de almenaras, nos fueron avisando sobre un crecimiento prematuro de vello facial, así como mayores la altura y la corpulencia. En cuatro meses, los adolescentes que nos habán masacrado bajo su yugo eran algo similar a engendros a medio camino entre la pubertad y la adultez.

Alguno tembló, amparado en que la manga corta y el invierno eran malos amigos. Todos sabíamos que mentía, igual que todos sabíamos que tenía motivos para dejarse arrastrar por un miedo atroz, casi al borde del pánico, ante la cercana perspeectiva de una muerte lenta y, de buen seguro, dolorosa.

Uno a uno, los dieciséis miembros del batallón que formábamos la convocatoria fuimos ataviándonos con los uniformes de guerra, de colores naranjas y blancos, queriendo al mismo tiempo desnudarnos y huir de allí. Al abrir los ojos, tras esa cálida ensoñación, la trinchera en forma de vestuario volvía a golpearnos la nariz con su olor a lilimento. El entrenador nos contaba historias de guerras antiguas en un sordo castellano, pero su voz nos llegaba de lejos, como tras una puerta. Al otro lado del pasillo, la dura realidad nos ofrecía la algarabía del que se sabe vencedor, la risa grave y adolescente del enemigo, que entraba a su vestuario. Aquel golpe vital nos bajó a la tierra y comprendimos que ya no teníamos escapatoria: el camino a la superviviencia pasaba por salir vivos del túnel. Alguien dijo que estuviéramos tranquilos, que a pesar de todo, aquello solo era fútbol.

Se equivocaba, porque nada es como fútbol y, al mismo tiempo, todo es fútbol. Y lo comprendimos al comprobar que, tras empujarnos para que saliéramos a calentar sobre la amarga tierra del entonces campo de fútbol de El Puntal, la sorna y la relajación del rival eran una suerte de atentado contra nuestro honor. Supimos que el fútbol era la forma en la que la vida nos mostraba la importancia de la dignidad del que lucha, del que no se rinde.

Algo cambió en la mirada de nuestro capitán, hoy sacerdote. Su estado de ánimo era, habitualmente, lo que nos empujaba a ganar o a perder partidos, y en aquel momento, al mirar a los ojos de mi siempre querido Ángel, supe que íbamos a comprobar cómo sabía la sangre ajena en la boca propia.

Y lo hicimos pronto. Las navajas volaron y el partido comenzó como lo hacen las batallas, con un disparo. Un golpe seco en un centro del campo enfervorecido por los tambores, un codo en busca de un labio que partir, unos tacos deseosos de encontrarse con una rodilla a la que acariciar con amor. De repente, tras una refriega en la que varios niños se convirtieron en hombres, el balón acabó en la portería del Bullense.

Como esa pelota enfurecida se sucedieron tres más, hasta acabar ganando el partido de nuestras vidas por 4-1. Al final, hasta acabamos saludándonos con el enemigo, cubiertos de polvo y sangre, volviendo a una trinchera que seguía oliendo a lilimento, al bendito lilimento.

Aquella tarde, dolorido sobre una cama del improvisado hospital de campaña que fue mi habitación, intuí que, a pesar de que el sabor final de la victoria era tan dulce que mecía en un cálido y esponjoso sueño, nada podría compararse jamás con la vil sensanción del momento, de sentir el instinto asesino del que mata en plena batalla, del que tiene que sobrevivir con varios tacos y dos codos como únicas armas rodeado de enemigos que pretenden despedazarte.

Y comprendí también que ningún hombre debería sentarse a contar estrellas pensando en el número que le acabaría resultando. Carpe diem.


A mí la radio me cambió la vida igual que una sustitución en el minuto 60 de un partido abocado al desastre. Apareció en el césped, con sus ajadas y viejas botas, para hacer una presión en el centro del campo, provocar un robo de balón y permitir un contragolpe mortal que asestó el gol del empate en una vida que se iba por el sumidero.

La radio me enseñó que es importante ser tribunero, jugar de cara a la galería, trazar sprints de cuarenta metros que conducen hacia balones secuestrados por un inminente saque de banda. Con sus arrugadas manos me mostró que lo que vale, aparte de lo obvio, es aparentar que sabes, que podrías ser el mejor del mundo si lo desearas pero que, a pesar de todo, no quieres. Sea por vagancia o por puro existencialismo. Algo así como un Sartre de la radio, un Camus, un Guti.

Tras varios años rebotando de micrófono en micrófono, supe que la supervivencia del medio residía únicamente en el contagio de emociones. La felicidad, la intimidad y la sonrisa de la radio eran, según pude comprobar, los factores a través de los cuales la comunicación se hacía real, tangible y latente en los receptores. Si bien el fútbol es un estado de ánimo, la radio es el percutor del sentimiento. A menudo, positivo.

Aprendí mucho trabajando en la radio. Y sin embargo, no aprendí nada.